sábado, 14 de octubre de 2017

Octava italiana y romántica.

"Lo atroz es no querer saber quién eres
agua pasada, tierra quemada
que de igual esperarte o que me esperes..."
Agua pasada - Joaquín Sabina




Lo peor del amor cuando se acaba
es la pasividad de la normalidad fallida
la resignación del camino solo de ida
la falta sorda de la egoísta cotidianidad:
es el frío de la ausencia en las manos. 
Sucede que dormí sola extrañando tu ronquido, 
que lo más doloroso de esta broma del destino
es saber que todo funciona roto pero sin maldad. 


martes, 10 de octubre de 2017

Quiebro.

Yo quería escribir un soneto.
Quería ver lo hermoso del mundo
y contarlo en todas las artes
a todos los cuerpos que escuchan.

He mirado un futuro brillante,
una luna azul
junto a un sol amarillo sobre los tejados.

Soñé la incertidumbre
y la enfrenté:
cuando me faltaron las fuerzas
mantuve las ganas.

Tuve las posibilidades a mi alcance,
los caminos sin asfaltar esperándome.
He deseado crear lo bello
mas la destrucción me salió al paso.

Me he quebrado
y no hay un suelo de certezas del que recoger mis trozos.

Estoy perdida
entre todo lo que no puedo decir
y lo que no quiero escucharme.

No sobreviví al tercer día
y no conseguiré hacerlo ahora
sola
sin más corazón que aquel destrozo oxidado
sin más palabras que esas en las que no creo
sin más aliento que este llanto intoxicado.

Yo,
que he confiado en el mañana,
hoy únicamente pido que cuando me llegue la muerte
no duela mucho a los míos,
y que no tarde.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Dentro de cien años.

Dentro de cien años
cuando ya nada importe.
Olvidando los daños
del dolor que nos hicimos.

Enumeraremos las bajas.
Quitando flores muertas
sacudiremos la mortaja
del cariño que nos quede.

Estancada la sangre,
manos y labios azules.
Ya sin miedo ni hambre,
sentados en nuestras lápidas

miraremos al horizonte.
Será demasiado tarde
para preguntar a Caronte
en qué lugar esperarnos.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Has vuelto a la ciudad.

Has vuelto a la ciudad
y no me has escrito.

*       *       *

Recuerdo los paseos infinitos,
a las calles dándose el esquinazo
antes de llegar a su destino,
serpenteando a destajo.

Las cuestas subían abajo
y confundidas bajaban arriba.
No le importaba al mapa un carajo
el cansancio de esta vida.

Las piernas y pies tropezaban
con las velocidades dispares
-riendo sin caer se tropezaban-
de nuestros distintos andares.

En las ventanas los girasoles
velaban nuestra andadura.
Se llenaba el atardecer de colores
negando la noche oscura.

Tu pelo brillaba almohadillado
como una nube que incuba al sol
como un destello rubio despeinado,
temblorosa llama de un farol.

Caminaba a tu lado perdida
por senderos conocidos de hace tiempo
porque desde tus ojos se me ofrecía
un mundo nuevo y atento.

Acuno este recuerdo para mí
(yo no sé si tenga amor la eternidad).
Paseaba de tu brazo por Madrid,
qué rápida fue la felicidad.

*       *       *

Has vuelto a la ciudad
y yo solo quiero contarle a quien quiera escucharme
lo mucho que me gustaba
pasear colgada de tu brazo.

viernes, 14 de julio de 2017

Los hijos que nunca tendremos.

Los hijos que nunca tendremos
se meten arena en la boca
del jardín del que un día me hablaste.
Las hojas del limonero del sueño
ya no perfumarán tus partituras y mis libros
ni mis dibujos ni tus logros.

Los hijos que nunca tendremos
se aferran fantasmas a mi falda,
llenan mis oídos de sus llantos
que al no existir, son los míos.
Tiran del hilo de una vida juntos
y lo destrozan jugando.

Los hijos que nunca tendremos
no visitarán a su padre al hospital
ni a su madre al cementerio.
No verán canear nuestro amor vivo,
ni soñarán a los veinte años
con ponerle un nombre raro a nuestros nietos.

Los hijos que nunca tendremos
visitan los lugares donde fuimos felices,
que ahora voy llenando con otros recuerdos
más inofensivos y menos asesinos.
Se van sin sufrir por el desagüe
de todas las duchas en que no nos besamos.

Los hijos que nunca tendremos
me duelen en el vientre y en la garganta.
Me duelen en tus ojos
incapaces de ver el presente y llamarlo futuro.
Me escuecen en tus oídos
capaces de escuchar mi voz e ignorarla con canciones.

Los hijos que nunca tendremos
se ríen ante mí y ante ti se esconden,
burlándose del pájaro que creyó
que no rendirse deviene en victoria.
Ocultándose de aquel que tuvo miedo
y tiempo después decisión y luego vergüenza.

Los hijos que nunca tendremos
son rollizos y hermosos,
tienen tu pelo y mis ojos.
Han sido devorados por Cronos,
incluso antes de ser una idea en el mundo,
para no conocer a los padres que nunca seremos.

viernes, 9 de junio de 2017

Disección.

Me enfrento al folio vacío
y me devuelve,
espejo mágico
reflejo introspectivo,
una panorámica al detalle de mi interior.

Vacío.

     *     *     *    

La respiración no es muy fuerte,
los pasos apenas apoyan las puntillas,
pisada de pluma,
cuerpo fundido con el aire.

El silencio que busco para no despertar la fauna decadente que soy yo:

Corazón de pulpo gigante,
sangre tinta que se inyecta sucia por las venas,
tentáculos como boas que constriñen los órganos.

Ojos de ciervo en un incendio.
Ni llorar toda la eternidad podría apagar el fuego,
tal vez sí secar las ganas de entender.

Pies de ala de sirena
quimera imposible como oxímoron absurdo.
Hermes con los tobillos rotos.

Tacto de ortiga
confundiendo el suelo y el cielo,
al amigo con la manzana podrida,
suavidad con veneno.

Boca,
[
inservible
mentirosa
traicionera
]
Boca camaleón en el último día de carnaval.

Palabras que no quieren salir pero salen:
voz polluelo naciendo en nido equivocado.

Sueños de tigre enjaulado:
desea escapar
y no sabe adónde.

domingo, 21 de mayo de 2017

La apatía.

Si la tristeza es no encontrar razones para levantarse de la cama,
la apatía es no buscarlas
ni quedarse ni irse,
porque da lo mismo fuera que dentro
izquierda o derecha
abierto o cerrado.
Es igual
seguir en la cama
que despertarse.

La apatía es este aburrimiento vital,
el vacío que deja lo importante
cuando ya no te ilusiona.

La apatía es pararte,
o no,
respirar por la inercia del instinto,
sentarte con la mirada clara,
brillante por las lágrimas que no cayeron,
los párpados abiertos por pura supervivencia,
la pupila prístina como la espera del paciente,
del que está y,

sin esperar nada

(el pasar del tiempo
el día acabando
y la mañana que llega indiferente)

solo es capaz de seguir estando.